¡Hola! Este es el "cuento ideal" que nos pidieron escribir para nuestro libro en Caza de Letras. En este caso, este es el cuento que yo considero que es ideal para el libro Hematofagia y vampirofilia. No tiene todos los elementos que uso en los demás cuentos, pero me hubiera encantado meterlo en mi libro. Bueno, ¡disfruten!
-¡Es un parásito!
Pensaba Nancy mientras se miraba al espejo con ojos desorbitados.
En lugar de acariciar su estómago con mano suave como cualquier otra madre hubiera hecho, enterraba sus largas uñas color carmín en el bulto carnoso que se ocultaba debajo de su vestido floreado.
-¡Se está alimentando de mí!- gritó, desgarrando la suave piel en un rápido movimiento que le levantó una uña postiza, entintando sanguinolentas gotas por doquier.
Nancy retuvo su aliento. Después, muy lentamente, agachó su cabeza hasta encontrar la tela jironada. Unos rasguños voluminosos se comenzaban a formar y el dolor proveniente de su dedo índice la hizo llevarse ausentemente la mano a la boca y lamer la carne viva.
El sabor oxidado le produjo un deseo nauseabundo y sin poder evitarlo, los movimientos peristálticos convulsionaron su desayuno medio digerido a través de su boca.
-Te comes lo poco que como, y si no te gusta, lo escupes, ¿verdad? ¡Mocoso neonato! ¡Me escupes! ¡Vomitas dentro de mí como si fuera tu maldito escusado! ¡Estúpido!- exclamó al tiempo que golpeaba su vientre.
Se levantó despacio. Con el dorso de una blanca mano perfectamente manicurizada, se limpió descuidadamente el rostro dejando una traza de lápiz labial “Nancy de Reyna” en su polveada mejilla. Con una mirada animal, bebió la imagen que lentamente aparecía en el espejo manchado.
Los ojos azules se ocultaban bajo sombras mapaches y su cabello recién teñido se enredaba en rastas alcohólicas, mientras una garra civilizada acariciaba los umbilicales parches violáceos con algo que se podría considerar ternura.
Nancy inclinó un poco la cabeza hacia un lado y luego al otro. Y en un arrebato, destrozó el patrón abdominal y enterró las uñas fieramente en la piel expuesta.
No se detuvo aun cuando trozos epidérmicos se desprendían y otros se atoraban en el estilizado plástico. Continuó, con un rictus labial, arrancando pedazos mutilados de piel y músculo y aun cuando sus entumidos dedos se atoraron entre los diminutos vasos azulados, permaneció agujereando el pantanoso hueco donde la cabeza del feto debía reposar. Siguió rascando aun cuando sus uñas habían perdido el filo y descansaban enterradas entre el meollo fétido de sus vísceras.
-Así que soy tu cascara, ¿eh?
En un final intento de dar muerte por cesárea a su hijo, Nancy acercó sus dos manos al viviente cadáver prenatal y torciendo su cara en una mueca, expiró en un nacimiento oscuro.

Pensaba Nancy mientras se miraba al espejo con ojos desorbitados.
En lugar de acariciar su estómago con mano suave como cualquier otra madre hubiera hecho, enterraba sus largas uñas color carmín en el bulto carnoso que se ocultaba debajo de su vestido floreado.
-¡Se está alimentando de mí!- gritó, desgarrando la suave piel en un rápido movimiento que le levantó una uña postiza, entintando sanguinolentas gotas por doquier.
Nancy retuvo su aliento. Después, muy lentamente, agachó su cabeza hasta encontrar la tela jironada. Unos rasguños voluminosos se comenzaban a formar y el dolor proveniente de su dedo índice la hizo llevarse ausentemente la mano a la boca y lamer la carne viva.
El sabor oxidado le produjo un deseo nauseabundo y sin poder evitarlo, los movimientos peristálticos convulsionaron su desayuno medio digerido a través de su boca.
-Te comes lo poco que como, y si no te gusta, lo escupes, ¿verdad? ¡Mocoso neonato! ¡Me escupes! ¡Vomitas dentro de mí como si fuera tu maldito escusado! ¡Estúpido!- exclamó al tiempo que golpeaba su vientre.
Se levantó despacio. Con el dorso de una blanca mano perfectamente manicurizada, se limpió descuidadamente el rostro dejando una traza de lápiz labial “Nancy de Reyna” en su polveada mejilla. Con una mirada animal, bebió la imagen que lentamente aparecía en el espejo manchado.
Los ojos azules se ocultaban bajo sombras mapaches y su cabello recién teñido se enredaba en rastas alcohólicas, mientras una garra civilizada acariciaba los umbilicales parches violáceos con algo que se podría considerar ternura.
Nancy inclinó un poco la cabeza hacia un lado y luego al otro. Y en un arrebato, destrozó el patrón abdominal y enterró las uñas fieramente en la piel expuesta.
No se detuvo aun cuando trozos epidérmicos se desprendían y otros se atoraban en el estilizado plástico. Continuó, con un rictus labial, arrancando pedazos mutilados de piel y músculo y aun cuando sus entumidos dedos se atoraron entre los diminutos vasos azulados, permaneció agujereando el pantanoso hueco donde la cabeza del feto debía reposar. Siguió rascando aun cuando sus uñas habían perdido el filo y descansaban enterradas entre el meollo fétido de sus vísceras.
-Así que soy tu cascara, ¿eh?
En un final intento de dar muerte por cesárea a su hijo, Nancy acercó sus dos manos al viviente cadáver prenatal y torciendo su cara en una mueca, expiró en un nacimiento oscuro.
